Reescribir la historia ‘in aeternum’

La próxima entrada será extensa, debido a la naturaleza histórica de la clase.

Andalucía: tierra de caciques, de bandoleros, de jornaleros anarquistas. Región atrasada. Tierra de mitos y leyendas. Tierra de hambre y de miseria. Región primitiva. Historia de un continuo fracaso: agrario, industrial, político, social; de un relato construido sobre tópicos, novelesco, intencionado, apasionado, incompleto…

… Y así más o menos partió el relato que nos vino a contar Antonio Herrera, en su clase sobre “La historia de España y Andalucía a debate”, el 16 de abril de 2015.

Desmontando mitos y leyendas:

La imagen de España y de Andalucía como la historia de un “continuo fracaso”se explica en gran medida si nos referimos a la historiografía española: desde los regeneracionistas de los siglos XIX y XX que vertieron una imagen pesimista de la historia de España, como Joaquín Costa, Pascual Carrión, Lucas Mallada, Macías Picavea, etc.; pasando por los relatos de los hispanistas extranjeros románticos como Beevor, Preston, Malefakis, Payne, etc. que consolidaron la visión de una España atrasada, y de la guerra civil como una lucha fratricida fruto de la pasión de un pueblo primitivo llamado a la violencia; y por historiadores como Vicens Vives, José María Jover, Miguel Artola, Raymond Carr, Pierre Vilar, Tuñón de Lara, etc. que ofrecieron una visión de este periodo fundamental de la historia de España excesivamente reduccionista, politicista y lineal.

Hoy, sin embargo, nuevas generaciones de historiadores vienen a desentrañar y a resituar estos tópicos y prejuicios que daban una imagen demasiado sesgada y simplista del proceso de democratización de España, y sitúan los cambios, los procesos y las transformaciones en España y en Andalucía en el marco de sus particulares condiciones geográficas, sociales, climáticas y políticas.

En este sentido, Antonio Herrera nos mostró que ya la Historia Agraria ha desmentido el mito del atraso económico de la agricultura mediterránea; que la Historia Ambiental ha echado por tierra la validez del análisis comparativo; que más allá del jornalerismo y del anarquismo, existió una importante protesta campesina en Andalucía y que, por lo tanto, no hubo apatía política por parte del campesinado andaluz. En definitiva, que en la Andalucía y la España rural, existieron procesos de democratización que han permitido cuestionar la tradicional identificación entre campesinado y políticas conservadoras, y que han demostrado, por ejemplo, que la mayoría de los votos antidinásticos en Andalucía vinieron del mundo rural y no de las ciudades como la historiografía tradicional había defendido durante tantos años.

Revisando la transición española:

Otro importante debate tiene que ver con la transición española: sobre quién la hizo, y si se hizo bien. Frente a las visiones institucionalistas, unilineales y deterministas (insertas en la 3ª ola de O’Donnell y Schmitter) sobre la transición española, como la que defiende que este proceso consistió en un pacto entre élites fruto de una “hoja de ruta” planificada, y donde la sociedad civil no era más que un personaje más; hoy existen nuevas tendencias académicas que otorgan a la transición una “alta dosis de improvisación política y protagonismo de la sociedad civil” (Víctor Pérez Díaz) que desmontan las tesis de la “transición desde arriba”, y que se basan en “la conquista de la democracia” (Eley, 2003), como proceso de aprendizaje, de construcción.

En este sentido, las nuevas tendencias académicas sitúan el proceso de la transición española hacia la democracia actual, como “fruto de los movimientos sociales que presionaron para construir un sistema que superara el proyecto de democracia restringida y formal que los sectores continuistas del régimen franquista pretendían” (Herrera-apuntes). No hubo apatía política ni desmovilización en la sociedad civil ni en el mundo rural. La sociedad civil aprendió la libertad enfrentándose al régimen franquista, y fueron generando valores democráticos. Ejemplo de ello fue la actividad de partidos políticos, sindicatos, asociaciones vecinales, OPAS, etc.; la política de concertación en el campo de 1978; o la conquista del poder en el campo en los años 1975-1979, sin la que no podría entenderse la consolidación de la democracia reflejada en los resultados de las elecciones municipales y autonómicas de los años 1979 y 1982 respectivamente.

Las transformaciones que preceden y acompañan el proceso democratizador

A partir de los años 60, España experimenta procesos de cambio políticos, sociales y económicos que tienen que ver con el proceso de convergencia con los países europeos, y con su conexión con el contexto internacional. Como hitos fundamentales señalamos:

– Transformaciones sociales: cambios demográficos, de la familia tradicional, secularización cultural y educativa, transformación del mercado de trabajo, etc.

– Transformaciones económicas: consenso político en torno al modelo productivista de desarrollo, de manera que el margen de maniobra política radicaba en el mayor o menor grado de asistencia social para compensar los efectos negativos del proceso modernizador. En este sentido, se consolida la sociedad de consumo capitalista.

– Transformaciones políticas: con la crisis de los 70 y 80, los jóvenes, los desempleados y los parados pasan al primer plano político, social y económico. Surgen “partidos abrazalotodo”, de clases medias, que tendrán un papel fundamental en la elecciones municipales de 1979 y generales y autonómicas andaluzas del 1982. En general, se produce una movilización de los actores sociales (sindicatos y partidos políticos) en torno a cuestiones propias de un contexto de desempleo y crisis.

– Transformaciones institucionales: construcción del estado del bienestar en España, superando el sistema paternalista de asistencia social, y en un contexto de crisis europea e internacional (crisis del petróleo del 1979).

Contra el mito del atraso: las grandes transformaciones agrarias

Desde los años 50 la agricultura en España ha estado sometida a un proceso de industrialización: sustitución de la mano de obra por máquinas, subordinación del sector a otras ramas de la economía, descenso de la renta percibida por los agricultores y de los beneficios netos, pérdida de peso del sector agrario en el PIB y en el empleo, etc. Este proceso trajo consigo un despoblamiento rural y un abandono de la actividad, un aumento de la agricultura a tiempo parcial y estrategias de autoexplotación familiar.

El sector más perjudicado fue el campesinado sin tierra o jornaleros que, si bien hasta mediados de los 70 pudieron ser reabsorbidos por la industria y el sector servicios, a partir de 1973 y sobre todo con la crisis del petróleo de 1979 engrosaron de manera exponencial la tasa de desempleo agrícola. El creciente paro agrícola se convirtió así en el mayor problema del país y en la principal preocupación de los sindicatos agrarios.

Toda este proceso de cambio provocó una paulatina transformación de los campesinos en profesionales agrarios. En este contexto se entienden una serie de transformaciones en la acción de los actores agrarios. Por un lado, una estrategia de consenso desarrollada por las organizaciones agrarias para participar en las mesas de negociación que regulaban los precios en el mercado. Por otro, dos tipos de acción sindical comenzaron a proliferar: la defensa y promoción del cooperativismo frente al poder de los intermediarios; y la aparición de nuevas formas de protesta contra los márgenes abusivos y los bajos precios pagados por las empresas de distribución.

Se generaliza una autopercepción de minusvaloración social y económica de los agricultores, una “depresión colectiva” del campesino. Los profesionales agrarios se hacen más dependientes del mercado y sus reivindicaciones ya no se dirigen a los patronos sino a las instituciones públicas que los regulan. Las características propias de los jornaleros desaparecen ante el “impulso individualizador” (muerte del jornalerismo de los años 80), y aparecen nuevos perfiles de jornaleros: inmigrantes-temporeros.

Todo esto coincide en España con la época de la transición, y provoca el surgimiento de una serie de movimientos sociales en el mundo rural.

Contra el mito de la apatía: cuatro grandes movilizaciones sociales en el mundo rural durante la Transición.

Las tractoradas: Forman parte de las “guerras campesinas” que surgen en 1975 y que sirvieron para que los pequeños agricultores y campesinos tuvieran cierto protagonismo e influencia. Son acciones muy mediáticas y novedosas que van a implicar formas de organización hasta entonces desconocidas entre los propios agricultores. Sus principales reivindicaciones eran: subidas de precios, rebaja de impuestos, gasóleo agrícola, seguros agrarios combinados, ley de arrendamientos, ley de fincas mejorables, ayudas directas por la sequía o bajas por enfermedad.

Elecciones a Cámaras Agrarias en mayo de 1978: Los comunistas (CCOO) y los socialistas (FTT-UGT) jugaron un importante papel en las elecciones a Cámaras por su doble importancia: de los resultados dependería su participación en la nueva política de negociación y a su vez era un ensayo general a las elecciones municipales de 1979. En efecto, se denunciaron amenazas y corrupciones y, aunque no ganaron los progresistas, estas elecciones resultaron ser un proceso de aprendizaje democrático para el mundo rural, que salió del proceso preparado para enfrentar las primeras elecciones municipales de la democracia.

Empleo Comunitario: Fue una reclamación por el control de los fondos públicos que en realidad no se limitó a pedir mayores fondos sino a que la gestión de dichos fondos fuera democrática cuando los ayuntamientos aun no lo eran. La importancia de estas reclamaciones se entienden por el contexto de desempleo rural, y tuvieron además una serie de consecuencias estructurales importantes: activación del sistema público de asistencia social; construcción de un nuevo sistema de regulación laboral en el campo; y permitir la configuración del nuevo modelo de organización territorial de las CCAA.

Reforma Agraria: La Reforma Agraria significó, más que una necesidad a nivel económico, un “espejismo jornalerista” de los 80. Tuvo un marcado carácter simbólico vinculado al nacionalismo andaluz que Andalucía estaba reclamando. De hecho, una vez conseguida la Autonomía y aprobada la Ley de Reforma Agraria en el 1984, el jornalerismo perdió importancia y su aplicación se limitó a las zonas tradicionalmente latifundistas: parte de Cádiz, Sevilla y la campiña cordobesa.

Una curiosidad andaluza: de jornaleros a ecologistas

La entrada de España en la OTAN supuso la defunción de la izquierda antisistema para el mundo rural, y se organizan otras formas de protesta en torno a los nuevos movimientos sociales (NMS). El movimiento ecologista surgió en Andalucía vinculado así al mundo rural y no al urbano como en muchos otros lugares. Esta particularidad andaluza dio lugar a lo que se conoce como “paso de jornaleros a ecologistas”. La conciencia ecologista entre los jornaleros y campesinos en Andalucía surge en un momento de profunda crisis que les hace percibir en primera línea la crisis del modelo de crecimiento económico capitalista (modernidad), y les acerca a nuevas sensibilidades (ecologistas y pacifistas) que ofrecen soluciones distintas que combinan nuevas posibilidades de empleo rural a la vez que la toma conciencia ecológica.

Esta curiosa asociación de jornaleros y ecologistas en Andalucía se escapa a las teorías de Ronald Inglehart sobre la escala de postmaterialismo, que entiende el ecologismo como tendencia de cambio cultural resultado del aumento general de la seguridad económica y del crecimiento económico en las sociedades contemporáneas materialistas. En Andalucía, el movimiento ecologista se posiciona contra el modelo de industrialización y encuentra apoyo en un movimiento social propio de ese modelo contra el que nacía.

Curiosamente, es Andalucía una de las principales regiones europeas de producción de agricultura ecológica… ¿tendrá esto que ver con la asociación en nuestra historia reciente de agricultores y ecologistas?

Y con esta pregunta lanzada al aire el profesor Antonio Herrera dio por terminadas sus tres horas extras de clase, que siguieron sabiéndole a poco.

Valle Casado Maestre

(Relato basado en la presentación y en apuntes tomados en clase, más ojeadas de algún libro y algún artículo de Antonio Herrera)

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