Ética y Buen Gobierno

El pasado 2 y 3 de Julio los alumnos del MUSAP tuvimos el privilegio de recibir a Manuel Villoria Mendieta en el Curso Ética y Buen Gobierno, una asignatura que se enmarca dentro del Módulo Administración y Democracia.

Manuel Villoria es Catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid; Doctor en Ciencia Política y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, Licenciado en Derecho y Licenciado en Filología; fue becario Fullbright en USA, donde realizó estudios de Máster en Public Affairs por la Indiana University. Es Director del Departamento de Gobierno, Administración y Políticas Públicas del Instituto Universitario Ortega y Gasset. Es autor de más de cien publicaciones sobre Administración Pública y ética administrativa. Ha ocupado el cargo de Secretario Técnico de Educación y Cultura en la Comunidad de Madrid. Fundador y miembro de la Junta directiva de Transparencia Internacional, capítulo español. Profesor visitante en diferentes universidades nacionales y extranjeras y en Institutos nacionales y extranjeros de Formación de funcionarios.

La clase comenzó con una definición aproximativa al concepto de ética entendiéndola como el conjunto de intuiciones y concepciones que se utilizan para delimitar lo bueno de lo malo. Es importante hacer hincapié en lo que se consideran sentimientos morales y que tienen que ver con deberes y obligaciones. Y es cierto, que la ética no se puede imponer por ley, sino estaríamos introduciéndonos en el ámbito del derecho. Manuel Villoria explica aquí una serie de ejemplos que se podrían englobar dentro de lo que se conoce como desobediencia civil, como el caso de Rosa Parks y la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Otra cosa es que en democracias con un mínimo de calidad las normas jurídicas si que encajen con una ética mayoritaria en la sociedad.

Aristóteles ya hablaba de la ética como una parte intrínseca de la Política. Manuel Villoria expone, sin embargo, que se ha ido desconectando progresivamente la ética de la política. Al hilo de esto se puede hacer una clasificación de lo que se entiende por política en tres visiones principales. La primera es ver la política de forma realista o cínica como aquel conjunto de acciones e interacciones que sólo buscan alcanzar, mantener y expandir el poder, es decir el control de las instituciones. En esta visión encajarían los gángsters como grupo organizado con intereses. La segunda visión de carácter funcionalista se cuestiona para qué sirve la política, el poder en este caso para qué es utilizado; así la política no tendría otra razón de ser que regular y resolver los conflictos sociales mediante normas impuestas coactivamente. La tercera visión tiene que ver más con la dimensión más ética y es que desde este punto de vista la política tiene como objetivo la búsqueda del bien común.

Si se indaga en los procesos y dinámicas sociales que dieron origen al Estado Moderno con el absolutismo, la emergencia de la burocracia y en definitiva la perfilación de una maquinaria de poder que, como diría Weber tendría el monopolio de uso legítimo de la violencia, es inevitable que ese uso legítimo de la violencia resida finalmente en la ética. La razón en la que se basa la obediencia de un pueblo es la creencia en que deben obedecer por su propio bien, por el bien común, por el bien de la nación. Aludiendo a autores como San Agustín, Manuel Villoria resalta esa dimensión ética de la política que está detrás de la concepción de lo que consideramos que diferencia a los partidos políticos como tal de, por ejemplo, una banda de gángsters.

Las nociones sobre una convivencia justa o una sociedad justa tienen detrás una profunda reflexión ética. La moral social mayoritaria es necesaria desde el punto de vista funcional en un marco de libertades en contraste con las guerras religiosas donde reina la imposición. Eso sí, no hay sociedad sin estructura de poder. La moral es utilizada por las élites para reproducir las estructuras de poder, como por ejemplo en el caso del género. Por tanto, una moral mayoritaria sin justica, sin ética, es bastante peligrosa.

La ética es importante para la supervivencia humana en términos de cooperación y altruísmo en contraposición a la teoría de la evolución donde prima el racionalismo extremo y la competición. Al respecto, Darwin tenía una gran preocupación ética. En aquellas comunidades donde hay mayor cooperación hay más desarrollo. Es necesario en este sentido evitar los juegos de suma cero. Elementos como el altruísmo, la empatía, la reciprocidad o el apoyo mutuo que no son concebibles desde una perspectiva racionalista obcecada son, sin embargo, la base de la evolución y supervivencia humana. El cooperativismo funciona a nivel de supervivencia y evolución indudablemente mejor que el racionalismo extremo. La clave para el mantenimiento del clan es evitar injusticias manifiestas.

Manuel Villoria hace referencia en este punto a la libertad de acción, a la responsabilidad pues, como afirmaba Sartre “estamos condenados a la libertad” y también hay que tener en cuenta la inevitable incertidumbre. En este sentido y en relación a la toma de decisiones políticas, se hace necesario establecer límites a la hora de intentar controlar dicha incertidumbre. En base a la distinción weberiana entre ética de los principios y de la responsabilidad, el control absoluto de la incertidumbre conllevaría la no acción. Vivimos en sociedad complejas, con un conocimiento limitado y con capacidades organizativas limitadas. La toma de decisiones se hacen en entornos de necesidad y no podemos esperar un 100% de acierto.

En un entorno complejo y globalizado como el actual, la vida política debe girar en torno a lo que Manuel Villoria llama ética pública que busca el equilibro entre el fundamentalismo y el relativismo. Esta ética pública se basa en valores consensuales universales y generalizables (racionales, con un fin último, y razonables, con fines compartidos) y no rechazables con argumentos bien construidos. Ésta concepción estaría detrás de lo que se conocen como derechos fundamentales o derechos humanos.

Por ello, las relaciones entre la política y la ética tienen como resultado una serie de efectos de cara a afrontar tal escenario: no se puede actuar siempre desde la perspectiva de una ética deontológica (tensión insalvable entre ética deontológica y utilitarista, el líder debe ser más cooperativo y no necesariamente tan carismático; además un líder es mejor si plantea las preguntas adecuadas no que sólo afirme lo que queremos oír.

En cuanto a la corrupción Manuel Villoria afirma que aquellas personas que trabajan en la función pública deben tener bastante desarrollo moral. En este sentido, la profesiones son prácticas cooperativas, tienen un bien interno, su núcleo duro. Ese núcleo duro justifica la existencia de esa profesión y el profesional debe defenderla. Además de bienes internos, las profesiones tienen bienes externos como, por ejemplo, el salario o el prestigio social. Que un profesional anteponga el bien externo al interno se considera rechazable desde el punto de vista ético. Así, los valores que deben acompañar a la ética en la función pública son: la imparcialidad, de cara al bien general, la legalidad y la eficacia y eficiencia. Ahora bien, la clave de la verdadera ética es la virtud. La virtud se puede basar en la prudencia (justo medio), la justicia, la templanza, y la valentía pero también es necesario conocer las tensiones reales de la vida cotidiana.

José Miguel Río Alarcón

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